A la gloriosa Orden
Franciscana se debe gran parte del esplendor de las procesiones de Semana
Santa. En su recinto conventual nace la Cofradía Penitencial de la Santa Vera
Cruz; en su sala capitular reunidos en cabildo general, ordenan y aprueban los
capítulos de la Santa Regla, y acto seguido en sus claustros se organizan los
primeros cortejos procesionales con los hermanos de luz y disciplina, que pocos
años más tarde habrán de desfilar por las viejas rúas.
De las cinco
penitenciales, es sin ningún género de duda, la más antigua. De su existencia a
principios del siglo XV, hay testimonios harto elocuentes de los numerosos
litigios entre la Vera Cruz y las cofradías hermanas, motivados por la
preferencia en las salidas de las procesiones. Una prueba más, la encontramos
en un "auto" de fecha 16 de marzo de 1498 del Regimiento
(Ayuntamiento de Valladolid), conservado en el Archivo Municipal de la ciudad,
en que se declara: "Que los cofrades de la Vera Cruz dieron una petición
ante los señores Corregidor y Regidores, en que en efecto contenía que les
ayudasen para facer el umilladero que sea de facer en la Puerta del Campo,
donde está puesta la Cruz, porque a dicha cofradía e cofrades della hera razon
dese facer según la nobleza della". Sin pérdida de tiempo, el pequeño
edificio se levanta de cal y canto, en los aledaños de la Puerta del Campo, con
retablo, en cuya hornacina central presidía un Crucifijo, que en la actualidad
recibe culto en la Iglesia penitencial, con el título del lugar del cual
procedía.
En los últimos años del siglo XVI, adquiere tal importancia,
que la capilla conventual resulta pequeña, "por el mucho concurso de
gentes que de ordinario asisten" y para obviar tan grave inconveniente,
los hermanos juntos y congregados en la sala donde tienen por uso y costumbre
celebrar sus cabildos, acordaron por voto unánime, pedir al Ayuntamiento
ciertos suelos, que tenía en el testero de la Costanilla, al final de las
Platerías, donde habla de edificar la iglesia, hospital, y demás dependencias.
Los regidores una vez obtenida la correspondiente licencia
real, venden a la cofradía en juro de heredad, "para agora e para siempre
jamas", por precio de mil ducados de contado, más doscientos maravedíes de
censos cada un año, "por el derecho de señorío de dichos suelos".
Seguidamente, unida a la escritura de venta, va un pliego con ciertas
condiciones que atañen al ornato del nuevo edificio. Como lugar de tan gran
concurso, por la proximidad de los obradores de los maestros plateros,
agrupación gremial, a buen seguro del mayor realce de la ciudad, exigen a la
cofradía pongan el máximo celo en la hechura de su iglesia, que había de ser de
muy buena fábrica, con retablo mayor y colaterales. En la portada se coloque
una reja larga de hierro y en el arco una imagen de Nuestra Señora dorada,
"de oro y azul". No olvidan de recordarles, que en la fiesta del
Corpus Christi, y procesiones generales, como igualmente en los recibimientos y
entrada de los Reyes, sean obligados de adornar todo el edificio, y colocar por
la noche luminarias, cuyos gastos corrían a cargo de los fondos de la Cofradía.
Iten más, las tiendas y portadas, abiertas en las calles de Rúa Oscura y
Azoguejo, sin duda queriendo hacer cumplir una pragmática de los Reyes
Católicos, les exigen que habrían de ser alquiladas a plateros o tiradores de
oro, y "no otro oficio".
Aparece encargado de la obra Domingo de Azcutia, alarife,
tan sólo lo tocante a carpintería, cubiertas de la capilla mayor, sacristía,
escalera de acceso a la sala de cabildos, a toda costa de madera, yeso y
clavazón, obligándose a darla terminada con la máxima perfección a vista de
oficiales, por precio de cuatrocientos ducados, y en todo siguiendo los diseños
hecho de mano y pluma de Pedro de Mazuecos arquitecto, "criado de su magestad
maestro mayor de los archivos reales".
La escritura de concierto se otorga el 14 de diciembre de
1589. En ella figura como fiador su hermano Damián de Azcutia, escribano del
número. Pocos años más tarde -7 octubre 1595-, los alcaldes de la cofradía solicitan
de la autoridad eclesiástica licencia para tomar a censo trescientos ducados, a
razón de catorce mil el millar, cantidad que había de ser empleada
principalmente en saldar los gastos hechos con motivo de la portada. Habiendo
fallecido Pedro de Mazuecos, encomiendan la empresa a Diego de Praves,
arquitecto de las obras reales, como su antecesor, quien nombra de
colaboradores a Lucas Ferrer y Juan de Nurabay, que llevan a cabo lo tocante a
cantería y albañilería, y Juan del Barco, maestro rejero, que labra el balcón
imperial, y las dos rejuelas laterales. De la obra primitiva sólo queda el
pórtico, o gran fachada, versión simplificada de un hastial romano, hecho por
un artista educado dentro de las normas del más puro clasicismo. No hay que
olvidar, que Praves trabajó en las obras de nuestra Iglesia Mayor, donde se
formó su idioma expresivo en trato y relación con el insigne arquitecto de
"El Escorial". Quizá sea una de sus obras más destacadas la
monumental fachada "caprichosa y bella con su orden compuesto que nos
gusta paladear pensando en los buenos ejemplos de Italia". Ponz la incluye
entre las obras de Herrera.
Seguidamente
por escritura de capitulaciones otorgada el 22 de julio de 1596, Juan del Valle
alarife se encarga de llevar a efecto todo lo referente a ladrillo y yesería.
No había transcurrido un siglo, cuando de nuevo se plantea
el mismo problema. En plena marcha ascendente, los viejos y maltrechos
"pasos" fabricados de cartón y lienzo, de un extraordinario efecto
escénico, se cambian por otros labrados con mayor primor en el taller de
Gregorio Fernández. Era entonces el templo estuche pobre, para guardar tan
valiosas joyas.
En el cabildo general celebrado el 3 de Agosto de 1665,
acuerdan "para mayor lustre ornato y para más autoridad y luzimiento ...el
alagar la fabrica de la yglesia que al presente tiene y hazer una capilla donde
pueda estar con decencia y capacidad el santísimo xpto y aviendo reconocido la
estrechura que oy tiene para armar y tener los pasos en la semana santa, porque
no caben en el cuerpo principal de la dicha yglesia, con que al sacarlos y
bolberlos se hazen pedazos las figuras que son de tanta estimación, ni caven
los hermanos del trabaxo para poderlos levantar y asentar... y tambien la falta
de sacristía porque no tiene sino un aposento muy pequeño que apenas ay
capacidad para poderse vestir los sacerdotes... por lo cual la dicha Cofradía
tiene necesidad de tomar seis aposentos de largo a alto, abaxo de las casas
propias de Don Juan de Neira, questan en la calle de Guadamacileros a espaldas
de la dicha yglesia". Encargan de llevar a feliz término tan importante
obra, a Francisco de la Torre y Lucas López, maestros de cantería, que
siguiendo los diseños de Juan Tejedor, levantan la capilla Mayor, crucero,
"y todo lo demás que se hiciere y añadiere, excecto el frontispicio y
portico que oy tiene dicha iglesia".
El templo es de planta rectangular, con tres naves, la
central mayor cubierta con bóveda fajada de lunetos; sobre las laterales
techadas con bóvedas de arista, llevan a manera de triforio, un balcón corrido.
Gran cúpula con capulino, en el crucero, en cuyas pechinas, ostentan hechos a
pincel, el augusto signo titular, sostenido por parejas de ángeles. Presbiterio
de poco fondo, y a los pies, en el último tramo, apoyado en el muro de la
portada, el coro. El templo es amplio de buenas proporciones; su arquitectura
corresponde en parte al estilo jesuítico, que tan gran resonancia tiene en la
región.
Una vez dada cima a las obras de fábrica de la iglesia
comienzan a labrar los retablos de la capilla mayor y colaterales. Son de
idéntico estilo, hecho bajo una misma dirección. Desde luego los colaterales
acusan la mano de un solo artista, Alonso Manzano.
Antiguamente del convento franciscano en la tarde del Jueves
de la Cena, partía la solemne procesión de disciplina, formada por unos
seiscientos cincuenta hermanos de luz, vestidos con túnica de bocací negro,
antorchas de cuatro pábilos, más otros mil quinientos hermanos de sangre que
durante la procesión remedaban devotamente, santamente, el doloroso trance de
la flagelación, pasando y repasando por el torso desnudo unas cuerdas de
gruesos nudos hasta hacerle brotar sangre.
El donoso escritor portugués Phinheiro de Veiga "vio
alguno llevar trozos de sangre coagulada de más de libra". Ante tan
cruenta penitencia no es nada extraño que los estatutos de la cofradía
recomienden a sus alcaldes y mayordomos que al retorno "tengan gran
cuidado de tener en el dicho Monasterio de Nuestro Padre Señor San Francisco,
aparejado lavatorio para curar y lavar las llagas..." En los claros iran
los "pasos", grupos escultóricos, que revivían con perfil humano, los
episodios divinos:
La Oración del
Huerto, El Azotamiento, Ecce-Horno, El Descendimiento, todos tallados con
sencillez expresiva e infinita devoción, por las gubias de Gregorio Fernández y
sus discípulos. Presidiendo el cortejo la Virgen llena de dolor, sentada al pie
del leño santo. Todos los años, en la noche del Jueves Santo, la Virgencita de
la Cruz se acerca al pueblo, nimbada con la excelsa diadema del dolor; dolor
que pone en los labios sentida plegaria y en lo intimo del alma infinitos
anhelos de eterna luz...
Si la cofradía penitencial de las Angustias celebraba con
extraordinaria pompa su fiesta de la Alegría, venía a renglón seguido la de la
Vera Cruz, y en noble emulación organizaba otra con mayores alicientes. Tenía
medios sobrados para hacerlo: sumas crecidas en sus arcas y mayordomos con
gusto y rumbo para dar desusada solemnidad. El año de 1650, servía el cargo de
hermano mayor, Juan Cortés, platero, y según rezan viejos papeles, el artista
dióse buena maña para organizar los regocijos que habían de servir como marco y
guarnición a la solemne función religiosa.
Si los preparativos de la víspera dan la medida exacta de la
calidad del Santo, por el aparato y ruido con que era anunciada, no cabía la
menor duda que se trataba de uno de los de primera categoría. Desde las
primeras horas, ocho danzantes de la aldea de San Miguel, tierra de Portillo,
ataviados con vistosas libreas, calzón corto, medias verdes listadas de rojo y
zapatos nuevos, recorrían las principales rúas, haciendo mil reverencias y cabriolas
al compás de las notas alegres de un tamboril aldeano. No faltaba en la
comparsa, el mozalbete avispado que recitara con garbo algún romance escrito
por un poeta de la ciudad.
Por la noche, era una maravilla ver la fachada del templo
cubierta con numerosas luminarias: lamparitas de barro llenas de aceite
colocadas con singular acierto siguiendo los principales ornatos. Todo el gran
pórtico -severo y noble- trazado por Diego de Praves, discípulo de Herrera,
parecía un ascua que hacíase gozar desde el Ochavo.
El día de la Cruz los regocijos llegaban a su máximo apogeo.
Por la tarde, después de la procesión en la Piaza Mayor, vestida con las
mejores galas, tenía lugar la corrida de toros y los fuegos de artificio. Una
escritura de concierto nos da curiosos detalles del número, calidad y precio de
las reses que habían de ser lidiadas en el improvisado circo. Nada menos y nada
más que catorce toros de los mejores, de cinco a seis años y de quinientos
reales por cabeza, que la cofradía había de pagar en buena moneda, una vez
encerrados en el toril de la calle de Santiago.
En el centro de la plaza, levantó el ensamblador Alonso de
Villota un templete de esbeltas columnas que servía a manera de trono a la
figura del dios Faetón sentado en su carro de fuego. Para darle mayor
apariencia de realidad, Manuel de Zamora, maestro de Ingenios de fuego y
fabricante de pólvora, cubrió el templete y figuras con infinitas luces y
truenos. "En el carro que a de fijar encima de la nube -declara el
documento- a de poner seis jirándolas y quatro ruedas de ocho tiempos cada una.
Yten en los caballos que an de tirar el dicho carro an de poner veinte y quatro
alcancías doce en cada uno y treinta truenos. Yten en la figura de faetón que a
de estar dentro de dicho carro a de poner treinta alcancías y doce truenos
grandes. Yten cien truenos pequeños. Yten doce luces de trueno en el sol de la
cabeza. Yten cada una de las dichas jirandolas a de tener veinte y quatro
quetes".
Quemábase tan raro artificio a punto de cerrar la noche. En
verdad debía de ser una de las más alegres vistas que se pudiera imaginar. En
aquel momento la fábula tomaba apariencias de realidad, el dios Faetón, vestido
como un emperador romano en su carro de fuego, marchaba velozmente dejando en
el Cielo una estela de luz... Según el mito corintio, los puntitos luminosos de
la Vía Láctea.
Desde tiempo inmemorial, la cofradía tenia entre sus preseas
más valiosas, un pedazo pequeño del Madero Santo, que en los cortejos
procesionales, era llevado bajo palio en un sencillo viril. Estimando los
Alcaldes y Diputados, no estar a tono con el alto valor de tan singular
reliquia, reunidos en cabildo general, el 23 de marzo de 1661, acordaron
encargar al artífice Pedro Cortés de la Cruz, la hechura de unas andas de
plata, conforme a las condiciones que a continuación se copian:
Primeramente que
yo el dicho Pedro Cortes me obligo de hacer unas andas de plata para la cruz
que dicha cofradía tiene conforme a una traza que tengo dada las quales dichas
andas an de llevar las piezas de plata siguientes:
Quatro chapas
grandes para el llano del tablero sobre que carga la linterna que haziendolas
todo lo posible de lixeras pesara cada chapa dos marcos. Mas seis frisos quatro
para el tablero y dos para los banzos que pesaran cinco marcos. Mas doce
cañones para los banzos a tres cada uno como esta en la traza que pesaran ocho
marcos = los quales dichos veinte y un marcos de plata a ciento y quatro reales
de vellon cada uno montan dos mil ciento y ochenta y quatro reales = de la
hechura de dicho veinte y quatro marcos a treinta y seis reales marco montan
setecientos y cinquenta y seis reales.
Las molduras de
arriba y de abaxo del tablero y nudetes ojas y remates de toda la obra pesaran
veinte y quatro marcos. Costara cada marco dorado de oro molido de hechura y
metal a todo costa a clnquenta reales que todo montan - mil ducientos reales.
Todo lo referido
monta a toda costa quatro mil ciento quarenta reales de vellon.
Y en la
conformidad que va referida yo el dicho Pedro Cortes me obligo con mi persona
bienes... de hazer dichas andas las cuales an de corresponder con la hechura de
la cruz con dichos veinte y un marcos conforme a la traza que tengo dada y si
llevare algun marco mas se me a de pagar plata y no la hechura y si llevare uno
menos se le a de baxar de su valor de quatro mil reales que es el precio en que
me obligo a hacerlas a toda costa... y an de pesar dichas andas veinte marcos
la qual tengo de dar acabada en toda perfecion para el dia de San Phelipe y
Santiago proximo que viene deste presente año de mil seiscientos sesenta y uno
y que pueda salir dichas andas en la procesión de. la Santa Cruz de Mayo, a
vista de personas que lo entiendan para que declaren de baxo juramento si estan
acabadas conforme a la dicha traza y si no las diere acabadas dichas andas para
el dia que va referido consiento se me baxe del valor de dichos quatro mil
reales cient ducados." Después de la fórmula de ritual firman los
otorgantes juntamente con los testigos y el escribano.
Con exactitud debieron ser cumplidas las condiciones
estipuladas en la escritura de concierto, cuando el día tres de mayo, fiesta de
la Invención de la Cruz, del mismo año, salía por vez primera presidiendo el
cortejo procesional.
Sobre las andas de
plata apoyábase un templete de planta poligonal con graciosos arbotantes, que
servían a manera de dosel a un grupo de Adán y Eva en torno al árbol del
Paraíso en el momento de la caída. El artífice intentó copiar la misma escena
de la custodia procesional de la Catedral, cincelada por Juan de Arfe. Sobre el
primer cuerpo elévase una gran cruz de bronce guarnecida de cristales y finos
ornatos en plata, en cuyo centro ostenta en un óvalo cristalino el inestimable
tesoro del "Lignum Crucis". Las andas, tal vez por estar fabricadas
en metal precioso, desaparecieron en los días aciagos de la dominación
francesa. Se salvó milagrosamente la cruz relicario, que en la actualidad
recibe culto, en la hornacina central de un retablo barroco.
En los Libros de Acuerdos del Cabildo, va registrada una
fecha luctuosa: el incendio ocurrido el 24 de abril de 1806. El templo sufrió
grandes desperfectos, con la sala de cabildos, y casas inmediatas. Por un verdadero
milagro, no recibieron el menor deterioro las magnificas imágenes
procesionales, que durante las obras de restauración, encontraron asilo en la
iglesia conventual de San Francisco.
Casi la totalidad de los fondos del archivo, quedaron
reducidos a cenizas; entre ellos la serie de Bulas expedidas por Su Santidad
Paulo III, en los años 1535 y siguientes, concediendo numerosas gracias e
indulgencias, ítem más cuantos privilegios y jubileos tenía el Cabildo y
Canónigos de la Basílica romana de San Juan de Letrán. Bulas escritas en
pergamino, con su sello de plomo pendiente en cordones de seda, de las cuales
queda como único recuerdo, la breve referencia en el cuadro o tabla, que se
expone en el cancel de la puerta principal.
Tan solo custodia su archivo unos libros de Acuerdos y
Cuentas del siglo XVIII, juntamente con el cuaderno de la santa Regla, aprobada
y confirmada por la autoridad eclesiástica el 17 de mayo de 1739. Cuaderno de
singular interés, forrado en terciopelo verde. Faltan los broches y adornos de
metal. Consta de veinticinco folios en vitela, con tres de pergamino de la
primitiva Regla, que sin duda tuvieron cuidado en conservar, por las tres
finísimas miniaturas que ostentan, encuadradas en primorosa orla con motivos
renacentistas. La primera representa la Cruz desnuda; en la siguiente Cristo en
la cruz con la Virgen y el Discípulo Amado y en la tercera el emperador
Constantino. Bellas miniaturas, que acusan un foco de artistas en Valladolid,
totalmente desconocidos. Después de un breve preámbulo, vienen dieciocho
capítulos regulando las obligaciones de cuantas personas desempeñaban cargos en
la cofradía.
Hábito:
a) Túnica o sotana negra con botones verdes y puntilla
blanca sobre fondo de tela de paño verde en las bocamangas.
b) Cíngulo verde anudado a la cadera izquierda.
c) Capa de tela de paño verde.
d) Muceta de terciopelo negro con botones verdes, puntilla
blanca en el cuello y escudo de la Cofradía en verde colocado en la parte
delantera central.
e) Calcetines blancos y zapatos planos negros.
f) Capirote de terciopelo negro, con el escudo de la Cofradía
en verde colocado en la parte central delantera y una pequeña abertura por la
que pasara la Medalla. El capirote deberá llevar obligatoriamente puesto el
soporte de cartón, salvo la Banda que prescindirá del soporte por razones
técnicas.
g) Guantes blancos en general, salvo el Viernes y Sábado
Santos, que serán negros.
h) Los hermanos que lleven la carroza o carguen las andas,
exclusivamente durante las procesiones en que lo hagan, portarán en sustitución
de la capa una esclavina del mismo tejido, con el escudo de la Cofradía en
negro, ribeteado en oro, en la parte delantera izquierda.
Procesiones en las que participa:
Domingo de Ramos: Procesión de las Palmas. Imagen que
acompañan: La Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén (Borriquilla)
Lunes Santo: Procesión del Santísimo Rosario del Dolor.
Imagen que alumbran: Nuestra Señora de la Vera Cruz
Jueves Santo: Procesión de Regla de la Santa Vera Cruz.
Imágenes que alumbran: La Oración del Huerto, El Señor Atado a la Columna, Ecce
Homo, Santo Cristo del Humilladero, Descendimiento, Nuestra Señora de la Vera
Cruz y Lignum Crucis
Viernes Santo: Procesión General de la Sagrada Pasión del
Redentor. Imagen que alumbran: Nuestra Señora de la Vera Cruz.

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